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Y de nuestra propia curiosidad nació Siriñadas
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martes, 18 de octubre de 2011

En memoria de mi Mamibela


Mi Mamibela, es la mujer gracias a la cual soy como soy, mi abuela del alma, mi yaya querida, la mujer que me crio entre sus brazos y a su calor. Mi madre.

Hace mucho que no era ella siéndolo. Hace más de tres años y medio que una enfermedad le quito la vitalidad pero no el brillo de la mirada. Acostumbrada a una mujer fuerte y muy dulce al tiempo, activa y dinámica fue un duro golpe verla así, sé que para ella la primera para la que era un duelo.
Han sido los tres años y medio más duros de mi vida hasta el momento. Verla escurrirse al inicio en aquel hospital entre los dedos todos los días fue terrible y terrorífico. Que los médicos insistieran en desahuciarla hablando delante de ellas cuando yo tenía la certeza de que lo entendía todo fue una pesadilla.
Verla hacer cualquier movimiento o avance una batalla ganada, retirar oxigeno o sondas, un gran territorio conquistado. Comer sola, un hito más que importante, y establecer comunicación un día de gozo.
Aquella época hospitalaria paso y dio entrada a un tiempo en casa “dulce”, sé que ella en este tiempo desde su ACV lo disfruto, estaba en su casa, rodeado de los suyos, de los cuales siempre cuido. En mi casa, sin saberlo, pero si intuirlo, ella era el motor, la dinamo y la energía que canalizaba todo.
El despertarse en su casa, bañarse en su cama, comer en su mesa yo sé que para ella fueron vitales momentos disfrutados dentro del dolor de verse así.
Pero las cosas a veces se tuercen y por disputas estúpidas, innecesarias, cabezonerías y bravuconadas varias aquello se rompió, se rompió y la primera que lo sufrió fue mi amor. Una guerra de egos y orgullos mal entendidos, que nos pillo en medio y supongo que hemos sido meros daños colaterales.
Trasladada a una clínica, comenzó a dejar de brillar su mirada.Y yo sufriendo por ella día y noche, sabiendo que no quería seguir viviendo así, sabiendo que cada vez se apagaba más, que sus ojos comenzaban a perderse y además no podía estar con ella como yo quería.
Y llego el día que como un puñetazo en el pecho tuve la sensación de que aguantaba por mí, aguantaba porque yo no estaba bien aunque me  hiciera la fuerte, porque en realidad soy muy débil y no me permito ni un pequeño respiro. Y nadie me conoce como ella solo con mirarme, y me miraba mucho sin decir nada.
En la navidad de 2008 le dimos la noticia de que Sira venia de camino a este mundo y recupero algo de luz, una nieta muy esperada y deseada, porque ella siempre decía, que era de las pocas personas que gracias a tener una hija-nieta, luego no sería bisabuela, sino abuela de nuevo.
Y le decíamos que sería niño y meneaba la cabeza y se sonreía, ella sabía que sería una niña y fue a la única que le gusto el nombre de entrada. Y apoyaba su mano en mi panza y la niña se acurrucaba bajo ella. Dos seres de luz conectados a través de mi.
Fue pasando el tiempo y nació la pequeña Sira, en un principio toda alegría mi Mamibela, pero se vislumbraba una tremenda tristeza de fondo, no podía jugar con esa pequeña, ni siquiera podía tomarla en sus brazos.
Mi gran apoyo silencioso, asintiendo y sonriendo cuando veía mamar a Sira, las miradas de reproche si alguien nos criticaba el porteo. Sé que hubiese sido nuestro gran muro ante el mundo en otras circunstancias.
En la primavera pasada, yo sentí cada vez más la necesidad de “liberarla”, notaba que ella aguantaba y vivía para esos escasos momentos en que nos veía (“gracias” a esas guerras familiares entre hija y padre, teníamos que acogernos a un régimen de visita riguroso para verla). Y también notaba que al tiempo estaba agotada, cansada de vivir y con necesidad de dejarse ir.
Somos muy egoístas, queremos a nuestro lado a nuestros seres queridos en las circunstancias que sean, estén como estén, por nuestro propio bienestar, por tenernos, por no sufrir la perdida y no tener que pasar el trago de perderlos, pero se nos olvida en infinidad de ocasiones que ellos quieren irse, necesitan irse y descansar.
Y a principios de verano tuvimos una charla, quizás nuestra última charla, nos reconocimos, nos miramos, lloramos y nos dejamos ir. La deje ir, le explique que ella era lo más grande en mi vida pero que ahora volaba sola, que estaba bien, creciendo y evolucionando, que no empezaba a desanclarme del pasado, que mi hija era ahora mi motor y que ella podía estar orgullosa de haberme criado, igual que yo estaba orgullosa de que ella fuera mi madre, MI MADRE, con mayúsculas, y me miro asintiendo, nos entendimos como siempre lo hicimos.
Y el viernes pasado se fue, se fue con una foto de mi hija en su mano y tras “hablar” con ella la tarde anterior, y ese adiós fue el definitivo y en el amanecer siguiente llego la deseada y temida llamada, y me derrumbe.
El corazón no entiende de razones que me decía ella siempre, y aunque sé que ella necesitaba descansar, que no era justo para ella estar así, no puedo con la idea de no ver más sus ojos, ni olerla más, no puedo con la idea de no tocarla más ni coger sus manos. Y me asalta el llanto y la tristeza y me siento destrozada y desolada, pero tengo que dar gracias por haber tenido no solo la oportunidad de conocerla, sino gracias por poder disfrutarla, por ser criada con ella, pura luz, generosidad y limpieza de corazón. Me llevo mucho de ella, soy como soy por ella, todo lo bueno es suyo, los defectos son solo míos.
Y ahora tengo tres luces cuidándome y ella es la principal. Cuando se tiene un corazón como el mío pasan dos cosas, que si se rompe, lo hace en más pedazos y cuesta más encontrarlos y unirlos, pero también pasa que tienes más manos, y más corazones que te quieren dispuestos para ayudarte a recomponerlo entre todos y todas.
Gracias a todos y todas, por el apoyo de estos días, el camino que queda por recorrer es duro y largo, pero cuando a una la sujetan tantas manos, como poco no lo hace sola.
Y me acompañan sus recuerdos, antes bloqueados por la enfermedad, pero resurgiendo e inundándome a borbotones la cabeza, con imágenes olvidadas y apartadas que ahora regresan para consolarme y hacer de bálsamo.


Cuídame y vigílame los pasos Mamibela, sabes que hace falta, soy como tú. Te amo. Te amamos.

2 comentarios:

  1. Me he emocionado mucho leyéndote, Esmeralda. Que suerte tener una Mamibela así y seguro que ella se ha marchado feliz y contenta de haber conocido a Sira y haberte visto siendo una madre plena y feliz.
    Un abrazo.

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  2. Gracias Eloísa, fue una gran mujer y creo que deja una fantástica herencia emocional que me asegurare que llegue hasta Sira.

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